Hace casi diez años escribí esto. Tiene errores y cosas que podría corregir pero prefiero dejarlo tal y como es, porque fue así como lo escribí.
No
creí que fuera verdad que existen momentos escritos en las estrellas; no lo
creía y a veces quisiera poder decir que no sé si fue bueno creerlo. No buscaba
nada, al menos no contigo, al menos no en ti, o bueno, al menos eso creí. Iba
sólo soñando, pensando en mi cielo, en ese que existe en mi mundo, el mundo
azul que sólo existe en mi universo. Iba intentando descubrir señales, algo que
me dijera que sí existe el destino; una palabra que me supiera a verdad; una
verdad que no se volviera mentira; una mentira que tarde o temprano me
lastimaría.
Caminaba en
mi mundo azul por algún sendero de mi solitario existir, pensando sólo en
destino, pensando sólo en vivir. A veces creo que me perdí, pero sé que no fue
así, al menos no hasta que me enamoré de ti. Los caminos suelen ser largos y
los senderos de soledad y de tristeza -que a veces parecen ser interminables y
en verdad llegan a ser insoportables- absorbían mi sentir; pero al andar entre
ellos, vagando por su inmensa obscuridad recordé mis ganas de soñar, mis ganas
de creer que todo puede cambiar, y fue entonces que me topé con una vereda, un
pequeño sendero en el que sí podía ver mi andar. No sé por cuanto tiempo caminé
en él y mucho menos sé explicar en que momento entraste también tú en esa
vereda –después de todo yo tan sólo iba caminando por mi mundo, soñando y
pensando, mirando mi cielo en mi pequeño universo, tan sólo queriendo creer en
destino, tan sólo esperando encontrar la luz que me dejara ver todo lo que yo
llevaba conmigo-. Yo que siempre fui noche no pude evitar lo atrayente de
nuestro encuentro; tanta luz me embelesó, tu sol simplemente me cegó. No pensé
que la noche y el día pudieran unirse en mi vida. Llegaste de pronto a mi mundo
y lo eclipsaste; por un corto tiempo tu sol y mi luna nos dejaron ver lo mejor,
y al final también lo peor de los dos.
Tu sol me
mostró mi ser; me enseñó que puedo llegar a ser mucho más de lo que todos
quieren y pueden ver, y que existen dentro de mi mil sentimientos y sensaciones
que puedo compartir. Mi universo se volvió tu terreno, mi azul mundo tu
guarida, y tal vez fue así porque también tú huías de la soledad; en realidad
sólo sé que te quedaste ahí conmigo y que junto a mi también fuiste feliz; y
así como tu sol se volvió mi luz, mi luna se tornó en tu reflejo, el espejo en
que te podías ver sin máscaras.
En mi mundo
encontraste el lugar en el que nadie te exigía nada, y por un tiempo nos
dejamos llevar por esos momentos. Me aferré a ti porque ya no quería ser sólo
una noche más; me gustó ser tu noche y que tú fueras mi día. Ese eclipse me
dejó lo que hasta hoy ha sido mi mayor pasión, los recuerdos de todos esos
momentos en los que mi corazón y todo mi ser por primera vez amó.
Mientras
estuviste en mi mundo supe que no le temía a la oscuridad, sino al encontrar
tanta luz y aprender a resplandecer, para luego quedarme de nuevo en medio de
la oscuridad pero ya sin el destello del que fue mi sol, y aprender a brillar
siendo sólo luna, una luna que fase tras fase busca sentirse completa sabiendo
que ya sólo brilla porque descubrió y
vivió el amor cuando dejó que aquel sol entrara e iluminara su corazón.
Tal vez tu
sol siga brillando -porque un sol no ocupa de una luna para hacerlo- mientras
que esta luna ya no brilla por la luz de ese sol, ahora sólo lo hace por la luz
que el recuerdo de ese sol dejó por siempre en su interior. Tu sol eclipsará
más vidas y aprenderá –si sabe ser inteligente- de sus reflejos en algún otro
universo. Tal vez se topará siempre con lunas –ya que le gusta ser quien más
brilla- pero en algún momento se dará cuenta de que su destino no está en
iluminar las noches oscuras, sino en aprender a convivir con otros como él,
otros que sólo saben ser día.
Espero que
aquel que fue mi sol no se tope con un sol que se sepa y crea más brillante que
él porque entonces –a base de llanto y penas- aprenderá que al querer ser sólo
día uno de los dos soles deberá ceder y dejar de brillar ya que sólo hay lugar
para uno en el día; tendrá que dejar atrás su altanería y descubrirá que no es
el deslumbrar lo que te hace amarlo, sino la capacidad de destellar sin
lastimar cuando se deja ver eclipsado.
En mi
pequeño universo se encuentra mi mundo tan azul como siempre, y ahí permanece
guardado ese fragmento de nuestras vidas en el que juntos sincronizamos el
tiempo y logramos juntos un eclipse que pudo llegar a ser perfecto. Sigo siendo
noche –y aunque cambiante fase tras fase- mi luna sigue brillando bien, bien y
ya sin ti; descubrió después de mucho llorar que a ella no le interesa ser sólo
el reflejo de una luz que ama ser cegadora; a esa luna le gusta más iluminar
tan sólo un poco la oscuridad que es parte de su noche porque le fascina ver
las estrellas y buscar en ellas ese escrito en donde de verdad se leen
fragmentos del destino y de la perfección que puede vivirse y sentirse en un
fugaz, mágico e inolvidable momento en el tiempo.
En el que un
día también fue tu universo, aquel en el que construimos un mundo nuevo,
descifré lo que había estado escrito no sé por cuanto tiempo en mi cielo. Supe
del sol que me ayudaría a encontrar mi luna para que mi noche no volviera a
estar oscura, ese sol que eclipsaría con amor y con pasión mi vida; y ahora sé
bien porque dejé atrás ese sendero de soledad y de tristeza y me permití
disfrutar de lo mágico de aquella nueva vereda, esa en la que me topé con la
luz de tu sol; en donde me dejé llevar guiándome sólo por las ganas de creer
que era posible que siendo yo noche y tu día nuestra necesidad de amar, de
sentir y de dejar sólo de existir para aprender a vivir dejara que un eclipse
uniera –aunque sólo por un fragmento de tiempo- tu vida y la mía.
Yo siempre
seré noche, y tú seguirás siendo día y sé que ambos nos encontraremos –en algún
otro momento de nuestras vidas- con quien dejar de ser noche y día para
compartir juntos un eclipse que dure toda una vida.
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